Crisis: La gran oportunidad del Dragón

09/7/09

Por Daniel Barrios *

Etimológicamente crisis en mandarín significa al mismo tiempo desastre y oportunidad.

En sede de balance, aún a riesgo de anticiparnos, podemos concluir que China ha logrado transformar el desastre que implicaba la crisis financiera global en una extraordinaria oportunidad tanto para tomar conciencia – como nunca antes- de sus propias fuerzas, como para reposicionarse en el nuevo escenario político y económico planetario que seguramente será con el que nos tocará convivir en el siglo XXI.

En el clima de incertidumbres de todo tipo que esta Gran Recesión ha provocado, una gran certeza se abre camino: China es la gran triunfadora de esta situación y se asoma al proscenio internacional con un rol protagónico únicamente comparable con la expansión iniciada en el siglo XIV bajo la dinastía manchú de los Qing y que durara más de 400 años.

Hace un año y medio, cuando el huracán financiero que devastó las principales economías del mundo era apenas una tenue brisa, fui invitado a un seminario organizado por la Universidad Jiao Tong de Shanghai. Una de las grandes interrogantes que a todos nos convocaba era cuanto podría durar el crecimiento chino basado sustancialmente en las exportaciones, ante una eventual caída de la demanda global de sus productos. Expresado de otra manera, lo que todos nos preguntábamos era si un modelo caracterizado por un marcado centralismo decisionista desde el alto y la libre iniciativa empresarial desde abajo, si el socialismo de mercado como fuera bautizado por Deg Xiaoping, sería capaz de subsistir en un contexto global adverso y una caída abrupta de su principal motor: el comercio exterior.

Hoy, cuando el tsunami financiero comienza a dar modestos señales de amainar, cuando casi todas las previsiones aseguran que China en el “terrible” 2009 crecerá entre un 9 y 10%, (y el PBI de los países más industrializados se contraerá de casi un 4%) la pregunta ya no es si el País del Medio podrá superar la crisis, sino la gran pregunta que gobiernos y la academia buscan responder es acerca del futuro de los Estados Unidos - y de buena parte de las economías occidentales- como principal potencia económica y política mundial. La carga de la prueba ahora pesa sobre las espaldas del gigante norteamericano. Son los Estados Unidos y no China quién debe demostrar al mundo y a sí misma que es capaz de sanear su economía, su sistema financiero, su monstruoso déficit fiscal y su deuda pública. Es Washington quién debe probar que su modelo de capitalismo, sus leyes e instituciones son capaces de superar esta prueba, y lo que es aún más importante, retomar el camino de un crecimiento sano y sustentable en el tiempo.

“Esta crisis es para la economía el equivalente a la guerra de Iraq para la política exterior: un golpe fatal a la credibilidad de los EEUU y sus pretensiones de liderazgo mundial” reconocía hace poco tiempo atrás desde su columna en el NY Times Paul Krugman.

“Como Madoff, por muchos años Estados Unidos ha sido respetado y hasta temido. Hoy se ha descubierto que todo era una gran estafa” agrega el último premio Nóbel comparando a su país con el del autor del fraude financiero más grande de la historia y recientemente condenado a 150 años de prisión.

Del desprestigio de los EEUU también se hace portavoz nada menos que Francis Fukuyama el mismo que hace 20 años, al tiempo que se derrumbaba el muro de Berlín, teorizó el “fin de la historia” y vaticinó el inicio de una nueva era unipolar caracterizada por la hegemonía incontrastada de la potencia del norte y de su modelo de capitalismo.
Precisamente es ese mismo modelo al que Fukiyama augurara vida eterna que ahora es cuestionado. “Me temo que las amenazas más serias a la potencia global de los Estados Unidos, a su prestigio y prosperidad no vengan de adversarios fuera de fronteras, sino del interior del país. Nuestra incapacidad de afrontar con eficacia temas como la salud, la energía, el ambiente, la economía y la educación, forma parte de la misma frustración que sufrimos a nivel internacional” editorializa el primer numero del año 2009 de su influyente revista “The American Interest”.

Fin de una historia. Comienzo de otra

La decadencia de los Estados Unidos es directamente proporcional a la reafirmación del Imperio Celeste que desde que se desatara la crisis ha dado indicios de su intención de disputarle la supremacía mundial o por lo menos de su pretensión de compartirla.

Estamos siendo testigos de un cambio epocal por sus dimensiones y alcances económicos, culturales y políticos. El fenómeno que ya se insinuara hace algunos años es hoy más evidente que nunca: el siglo XXI será el siglo de China (y de India), del Dragón (y el Elefante).

La crisis no ha hecho otra cosa que acelerar el desplazamiento del eje de gravedad del planeta de Occidente a Oriente, de Estados Unidos y Europa al continente asiático.

Desde los tiempos de Mao que no se presenciaba una China tan decidida a exportar su propio modelo al resto del mundo y hacer pesar toda su potencia económica, política y militar en la escena internacional, en primer lugar en sus relaciones con su vecino de la otra orilla del Pacífico.

Beijing ha abandonado de una vez y para siempre su tradicional prudencia y el perfil bajo que la distinguiera durante las últimas décadas. No es casualidad que “China descontenta” sea el best seller del año y el libro más citado por la juventud y la clase media, donde sus autores fundamentan porque “nosotros somos mejores que ellos” y con un marcado tono chovinista imputa a Occidente la responsabilidad de la crisis y llama a todos los chinos a liberarse de todo complejo de inferioridad y ocupar el lugar que le corresponde en el mundo.

Un nuevo amanecer

Wang Gungwu, director del East Asia Institute de la Universidad de Singapur, en un ensayo del 2004 titulado “The Fourth Rise of China: Cultural Implications”, definía el proceso que hoy esta atravesando como el cuarto despertar de la potencia asiática, por la magnitud de los cambios culturales, económicos, sociales que comporta. Efectivamente, el momentum de desarrollo actual es solo comparable al siglo III A.C, cuando la dinastía Han estandarizó la escritura y la moneda e incorporó el Confucianismo y el Budismo a u cultura y filosofía de vida; a la unificación imperial de los siglos , la época de oro de la literatura y las artes y el momento de máximo esplendor comercial de la Ruta de la Seda; el tercer gran período serían los 300 años de la dinastía manchú y durante la cual se llegó al cenit del poder de la China Imperial y que culminara con la fundación de la primera República en 1911.

La gran diferencia entre este gran despertar y los 3 anteriores es que por primera vez China proyecta toda su influencia hacia afuera de sus propias fronteras impulsada por el motor de la economía y no ya por las expediciones de Zheng-He que hace 600 años permitieron la expansión marítima China, base de su primera gran revolución comercial.

Gestos y demostraciones de esta nueva política no faltan. Desde el inocultable reforzamiento de su poderío militar, la expansión de su fuerza naval hasta el Golfo Pérsico y el Mar de Somalia; la dureza con la que rechaza cualquier tipo de acusación sobre derechos humanos y los “castigos distribuidos a los jefes de estado que reciben al Dalai Lama; la apertura de cientos de centros culturales Confucio en las principales ciudades del planeta, hasta su propuesta de una nueva “divisa global” que sustituya al dólar como moneda de reserva internacional. Sin olvidar la ofensiva económica, comercial y diplomática en África y América Latina donde las autoridades Chinas comienzan a invertir (y prestar) decenas de miles de los billones de dólares acumulados gracias a su monumental superávit comercial.

Según datos oficiales el intercambio comercial entre el coloso asiático y África creció mil por ciento en la última década, mientras que desde 2003 el comercio con América Latina crece a una tasa anual promedio superior al 40%.

Naturalmente las autoridades chinas son las primeras en reconocer y hacer valer la extraordinaria oportunidad que esta crisis les está ofreciendo.

Por primera vez en la historia un presidente de los Estados Unidos se vio obligado a consultar a otro país antes de enviar su propuesta de presupuesto federal al Congreso de Washington. Con este gesto Obama pretendía recuperar la confianza de su principal banquero sobre la viabilidad del plan de recuperación de la “empresa-EEUU” y su capacidad de repago.

Es que poco antes, el primer ministro Wen Jiabao habia confesado que “hemos prestado enormes capitales a los estados Unidos y estamos sinceramente preocupados” y se había “permitido” llamarle la atención a la principal potencia del planeta acerca de su obligación de “ tutelar su propia credibilidad, honrar sus promesas y garantizar la seguridad de las inversiones chinas”.

Casi la mitad de los 2 billones de reservas internacionales de la República Popular están en bonos de tesoro o en inversiones de sus fondos soberanos en empresas norteamericanas.

La ocasión hace al dragón

Nunca el futuro de los Estados Unidos (y del resto del mundo) dependió tanto de un solo país. Esto vale tanto para la suerte del dólar como medio de pago y moneda de reserva universal, como para el comercio mundial que espera que la clase media china (la más numerosa del mundo), comience a gastar parte de su yacimiento de ahorro (el más importante del planeta), y contribuya a la recuperación de la demanda global.

Roger Altman, ex subsecretario del Ministerio del Tesoro del gobierno de Clinton, reconoce desde las páginas de la prestigiosa revista Foreign Affairs que “la relación con China es nuestra más importante relación bilateral”.
“Sabemos que el país que dominará las energías limpias será el líder del siglo XXI. Pero es China quién ha iniciado el más grande esfuerzo de la historia para convertir su economía a la eficiencia energética”. Es nada más ni nada menos que el presidente Obama, nada más y nada menos que en su primer discurso ante el Congreso, quién no duda el reconocerle a China un futuro de potencia hegemónica mundial.

La crisis actual representa la ocasión histórica para la que China se ha pacientemente preparado. La misma que se le presentara a los Estados Unidos a comienzos del siglo pasado y que hiciera posible hasta ahora su indiscutida supremacía. Al igual que le ocurriera a Roosevelt, el presidente Hu Jintao comanda una potencia en constante crecimiento, es hoy “el made in China” invade los mercados del siglo XXI como lo hiciera “el made in USA” de hace 70 años, y por citar otra semejanza con los Estados Unidos del plan Marshall, China es hoy el tesorero de gran parte de los ahorros del mundo y el banquero de muchos países.
La mesa esta servida. Los comensales advertidos.

*Director General DEVNET, a non-profit international NGO, with consultative Status Category 1 granted by the United Nations Economic and Social Council (ECOSOC).

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